sábado, 8 de septiembre de 2018

4) Mientras lavo los platos


Mientras me depilo, miro mi rostro y me comparo. No sé muy bien con quién me comparo. ¿Conmigo misma hace un par de años? ¿Cuándo la maternidad no había dejado huella en mi rostro ni en mi vientre? ¿Con otras mujeres que publican sus felices y perfectas fotos de rostros tersos, sin poros abiertos, sin puntos negros, sin vellos crecidos descubiertos dos minutos antes de salir?

Somos nosotras mismas las que nos exponemos al terrible juicio del propio espejo. Y eso es porque nuestros parámetros son –si no imposibles- con certeza, de ciencia ficción. Nadie se levanta con el cabello perfecto. Nadie tiene tiempo para vivir en el gimnasio. Nadie tiene un cuerpo divino sin hacer ejercicio. Nadie de más de 30 años y con hijos puede pasarse40 minutos encerrado en el baño dedicándose a sí mismo. Las necesidades más básicas se han convertido –en mi caso- en tareas dilatadas por las múltiples interrupciones infantiles.

Cuesta poner límites.

Cuesta cuidar el jardincito personal-individual en el que, sin el diario regado y el recurrente plantado de flores, empiezan a crecer hierbajos parasitarios, si no se seca definitivamente.

Yo pasé por eso. Y sé que muchos de ustedes también. Lo que pasa es que no se habla de eso. Se habla de la felicidad que trae la maternidad. Se habla de la teta a demanada y de lo desaconsejable del chupete. Se habla de las rutinas del niño y de los espectáculos recomendables para ellos.

Pero no se habla de lo que sufrimos algunas madres. De la soledad de las noches de insomnio forzoso. De los callados deseos de aullar ante la desazón de un hijo que llora llora llora. De lo difícil que es ser madres sin el apoyo de una tribu. No se habla tampoco de que es a veces el grupo de madres el que más te juzga –porque tu hijo pega, porque tu hijo muerde, porque tu hijo se hace pis, porque tu hijo llora-.

Las madres deberíamos ser el grupo de apoyo. Los pediatras deberían ser más padres. Deberían recordarse a sí mismos siendo padres.

Y otra vez frente al espejo. El pelo revuelto y lleno de canas, bigotes, piernas de futbolista, pechos-pasas de uva-lastimosos-vacíos, celulitis, uñas quebradas, salvavidas, saleros, palidez espectral, sueño –mucho sueño-, soledad, tristeza, desasosiego…

Y un esposo que nos quiere coger. ¿A nosotras? ¿Así? ¿Ahora? Sí. Si no, ¿cuándo? Porque en el medio pasa de todo y, los hombres –por más compañeros que sean, por más padres hacendosos y amorosos que sean- no segregan leche en las sábanas, no pasan 20 días –si no más- con bombachones para apósitos postparto.

La diminuta hora diaria que la ley brinda para el amamantamiento apenas nos alcanza para sacar una teta en el baño público y estirar nuestros pezones agrietados hasta límites inimaginados antes de ser madres. Todo sea porque la leche materna es tan tan buena.

Cuando se habla de FEMINISMO se está hablando de estas cosas. No de que seamos iguales. Todo lo contrario. De que somos bien distintos, y por eso, nuestros ratos frente al espejo deberían ser menos crueles. Pero, para tal fin, hay que seguir rompiendo estructuras.

Si vos mirás mál a una madre que elige distinto, que cría distinto, que vive distinto, si te escondés o escondés tus fortalezas, si no contás con verdad los esfuerzos que –como yo- hacés para ser cómo y quién sos, entonces, sos sádica. Como esta sociedad, que muestra puérperas sin cicatrices, sin estrías, sin marcas. Porque la maternidad marca, ineludiblemente y por fortuna.

viernes, 7 de septiembre de 2018

Mientras lavo los platos


Mientras lavo los platos –alguno que otro con restos de comida con unos días en la heladera- pienso ¿por qué la descomposición está ligada a la vida?

 Todo lo que se descompone estuvo vivo –está vivo-. La descomposición, que tanto nos hace pensar en la muerte, está, en realidad, llena de vida. Cuando un alimento se descompone muere en su forma original, pero se convierte en un nuevo modo de vida. “Nada se pierde, todo se transforma” frase conocida si las hay. Yo misma, a cada paso muero un poco para dar vida a algo nuevo. Pero para eso, hay que saber morir. El problema es que la Muerte es un fantasma al que todos le tememos. Un tema escabroso. Desesperanzador. Respetado.

Pero la Muerte está aquí. No a la vuelta de la esquina. No. La Muerte está en cada aspecto de nuestra cotidianidad. Morir es transmutar. Morir es crecer. A veces, incluso, es bueno cometer suicidio, de algunas zonas de nosotros mismos. “All things must pass”. Incluso nuestras anquilosadas maneras de resolver situaciones. De ofendernos. De evadir y evadirnos. Shakespeare hizo decir a uno de sus personajes: “Los cobardes mueren muchas veces antes de su verdadera muerte; los valientes prueban la muerte solo una vez”. El dramaturgo no se refería solamente a la muerte corporal real, sino también a las veces que debemos ceder respecto de nuestras convicciones para ser aceptados, para seguir en un tren al que ni siquiera hemos elegido subirnos. Sin embargo, todos somos un poco cobardes. Porque a cada momento morimos. La única muerte inaceptable es la de la fidelidad a nosotros mismos. Cada tanto hay que silenciar y silenciarse, para escuchar el ruido interior. Hay que procurar asesinar aquello que no nos permite transmutar. La heladera de la personalidad es sofocante. Brinda una temperatura que no admite la descomposición. Congela a veces. Pero el proceso de descomposición, de corrupción mejor dicho, sigue su curso. Tal vez más lentamente. Más silenciosamente. Y termina contagiando –pudriendo- todo lo que lo rodea. Entonces, el hedor al abrir la heladera resulta insoportable. Cada tanto hay que vaciarla y tirar –sin duelo- aquello que se está –nos está-  pudriendo. Lo que no se use como trashcooking, de todos modos recorrerá el ineludible camino de la transformación.

Para aceptarnos hay que morir. Para crecer hay que morir. Mueren nuestros miedos, nuestros defectos. Entramos en la fúnebre tristeza del duelo al que no queremos exponernos. Porque morir duele. Porque a la Muerte sólo se la puede transitar. Es imposible evadirla. No queda otra que –después de llorar todo lo que necesitemos, después de regodearnos en el desasosiego, después de sentir lástima de nosotros mismos- la Mariposa rompa el capullo. Fuimos gusanos y –una vez franqueado el duelo- nos convertimos en Mariposas.

No le tengo miedo a la Muerte. Porque incluso la muerte objetiva me mostró cuánto desarrollo me faltaba atravesar. Esta Mariposa sigue su vuelo, conciente –claro- de que el proceso evolutivo continúa, y que, para eso, hay mucha descomposición a la que le debo dar paso. Me entrego a ella. Hay metamorfosis.

jueves, 30 de agosto de 2018

El agujero en la pared (un TP enlazado en la realidad)


Galliano Julieta

Luján

Tengo que arrancar por lo que aúlla. No me puedo mantener impertérrita ante el grito. Ante el pedido de auxilio. Siempre. Siempre que algo acontece en la escuela es un aviso. Una llamada. Una exigencia. Un clamor. Muchas veces los que formamos parte de la institución nos hacemos los distraídos. Nos lavamos las manos. Nos llamamos al silencio. Y silenciamos. No siempre tiene la culpa la Dirección, que es la que no toma cartas en el asunto. También el cuerpo docente calla y acepta al bajar la cabeza y no hacer nada. Eso para mí es miedo. Mediocridad. La moral de cada quién dictará sentencia –y la apreciación de los alumnos, claro-. No entiendo del todo a qué le tememos los docentes. ¿A involucraros? ¿A discutir con un superior? ¿A que nos echen? ¿A que nos pidan más de lo que nuestro tiempo puede dar por un sueldo tan miserable? No sé. Nada de eso me parece suficiente para mirar cómo el paso de nuestros adolescentes por el ámbito escolar se transforma en una lucha de poderes. En el escenario de la desilusión. Con suerte, alguno que otro encuentra un rumbo porque tiene padres  certeros, o algún conocido adulto que se convierte en mentor. Los jóvenes necesitan encontrar en la escuela un espacio que los conmueva, que los conmine. Hoy sólo transcurren. La escuela secundaria es bancarla hasta que egreses. Copiarte trabajos prácticos. Caerle bien a los profes jodidos. Sacarse 7. Pasar desapercibido. Porque el desinhibido, el divertido: ¡Es tremendo! El tímido: es mudo. El que sabe las respuestas y pregunta lo que le interesa: es un pesado. Esas son las frases que se escuchan en sala de Docentes. Los apellidos son marcas indelebles. Los errores son insalvables. A nadie le interesa lo que les pasa a los jóvenes fuera de la escuela. Porque nadie tiene ganas de trabajar más allá de su pequeño campito. A veces, cuando algún profe se anima, se interesa, se mueve, termina -después de transitar la desorientación y la bronca- decepcionado como el resto. Realizando su tarea de manera lineal, como quien no tiene un rumbo ni un plan.

La escuela necesita gente llena de energías y esperanzas. Claro, soñadores idealistas, pero con los pies sobre la tierra. No existe tarea más revolucionaria que la docencia. Estamos obligados a revelar, a rebelar. El ámbito escolar debe generarles intrigas, dudas. Deben sentirse acompañados en el camino de la búsqueda, del descubrimiento, del conocimiento. No se puede enseñar a todos lo mismo del mismo modo. Pero para eso debe haber docentes y directivos a la altura. No sirven los decepcionados. No sirven los miedosos, ni los tibios. Por eso, cuando en una escuela católica un grupo de alumnos de cuarto año de secundaria –de los cuales la mayoría cursa en esa institución desde los tres años de edad- se pone de acuerdo con el otro cuarto año (que habita el salón de al lado) para hacer un agujero en la pared –tarea que lleva tiempo, planificación, dedicación y ruido, muchísimo ruido-, algo hay que pensar. Hay –necesariamente- una pregunta que se alza y pide ser contestada. Alejandra Pizarnik, poetisa argentina, escribió:

Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta en el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa..

(La palabra que sana)

No hay nada más llamativo que el silencio. Cuando todos callan: los directivos que no saben qué actitud tomar y deciden castigar a los alumnos sin charla, sin indagar sobre todo lo demás que el símbolo “Hacer un agujero en la pared” implica, allí es donde la palabra sería sanadora. Hay que escuchar a los hechos. Hay que hacerse cargo de las responsabilidades. De las veces que se silenciaron realidades.

En la escuela de la que hablo, los alumnos vienen manifestando malestar desde hace años. También los docentes, que sistemáticamente han ido abandonando la escuela producto del cambio de conducción y todo lo que ese cambio trajo como consecuencia. Los estudiantes de esos cuartos años han pasado por tres directivos distintos. Todos han salido intempestivamente de sus cargos. Por detrás, la Orden religiosa que funciona como marco saca y pone directivos como en un juego de ajedrez se eliminan fichas. Los docentes también somos intercambiables. Aquello que dominaba el espíritu de esa escuela franciscana ha ido muriendo junto con las pérdidas que sufrió el plantel. La comunidad aún cree que algo de eso queda en el colegio. Por eso los jóvenes se resisten. No porque la educación religiosa sea el camino eficaz, sino porque ellos saben que desde el vínculo, desde el verdadero interés, desde el afecto, desde la presencia continuada, responsable y comprometida se logra cualquier cosa. Pero el maltrato, la negación y la desidia son pecados en el ámbito educativo. Aunque ninguna Orden religiosa ni ninguna Inspección lo note. O sí, y sea cómplice.

Julieta discurría sobre el valor de la palabra en su balcón de Verona: Que hay en la palabra rosa que la haga rosa? Que hay en el apellido Montesco que haga que Romeo sea Montesco? Nada. La fuerza del hábito crea realidades. Las palabras hacen. Las palabras construyen. Y también los silencios. Especialmente los silencios. Es menester escuchar, desentrañar los hechos escolares. Es nuestra responsabilidad darle voz a los adolescentes. Es nuestra obligación que el punto de vista escolar no tiña nuestra visión.

Creo que mi lectura del texto toma el término desbaratar –que utiliza como recurso mucho más que expresivo la autora- en su sentido más amplio. El verbo transitivo (que requiere de un qué –siempre se desbarata algo-) DESBARATAR tiene un origen que se une a la destrucción, al estropicio. Es decir, deshacer, malograr algo. Esto puede hacerse de modo planificado o sin darse cuenta. La traducción al francés de este término (como tratamos con lenguas hermanas podemos darnos esta licencia) resulta esclarecedora del sentido que intenta darle Duschatzky: “perturber”. Desbaratar, entonces, haría referencia a desarmar, a desordenar, para perturbar. O, más bien, ese desorden, ese desarmado genera una perturbación en el status quo. O, más aún: el lenguaje escolar como Lo establecido, como Lo que se escucha constantemente, como La Verdad sobre lo que ocurre en las escuelas perturba, porque no permite avanzar, profundizar, modificar. En definitiva, crecer. Es por eso que, la autora propone un desarreglo, un desorden para intentar nuevos órdenes, más ligados a las auténticas verdades que circulan en las aulas.

La elección del verbo “desbaratar” me resulta llamativa. Su origen se remonta a cuestiones mercantiles de la más baja estofa. En el siglo XIII se utilizaba para hacer referencia a una venta infructuosa. Algo que había sido intercambiado de modo que el vendedor había perdido parte de su inversión. Creo que en la escuela actual, no existe un vendedor: el docente y un comprador: el alumno. Si así fuera, los maestros estaríamos entregándoles algo muy valioso a cambio de muy poco a nuestros alumnos. Yo no quiero desbaratar el lenguaje escolar en ese sentido. Desbaratar debe entenderse entonces como agitar, desordenar. Así como el verbo francés medieval “barate”: agitar. Esta palabra nació en relación con la sensación que dejaban las batallas –bataille-. En las aulas de hoy ocurre algo así como una batalla. Cada clase es el enfrentamiento entre un docente que (se supone) tiene un plan y unos jóvenes que –según las circunstancias- buscan cosas bien distintas de lo que propone el docente. La agitación que nos deja dicha batalla debe ser el germen de un nuevo modo de conducirse en clase.

Los docentes no podemos seguir quejándonos porque los alumnos han cambiado. Porque las cosas no son como en otra época. La queja inmoviliza, aprisona, aísla, impide. Es la sensación de desastre que deja la batalla (cansancio, hartazgo, frustración, desencanto) la que debe mover a la acción.

‘Un agujero en la pared’.

¿Cómo problematizar este malestar?

Hay que hablar. No se puede hacer la vista gorda. Son los alumnos los que buscan desbaratar. No es que somos nosotros solitos quienes debemos desarmar una manera de sentir la escuela. Son ellos los que se quejan. Los que manifiestan el hartazgo y piden a gritos –a través de la batalla contra la escuela misma- un desbaratamiento del status quo. Es por eso que hay que sentarse a charlar al respecto. Pensar con ellos qué buscaban. Qué pretendían. Hay que desentrañar la metáfora con los alumnos (previo intento de lo mismo en reunión de directivos y docentes).

¿Qué leemos en este gesto que comunica y destruye a la vez?

La lectura debe nutrirse de lo que auténticamente está pasando en el establecimiento, en las vidas de los alumnos, en el modo de vincularse intrínseco a la institución. Pero para eso hay que estar dispuestos a bancarse el “desbaratamiento” que tal tarea supone. El piso tiembla con la aceptación de lo que no funciona bien, porque eso exige una acción tendiente a resolver, a arreglar, sin tapar, sin esconder. Sin cegar ni acallar.

¿Qué propósito mueve a semejante tarea?

Por supuesto que la respuesta a este interrogante podrá desplegarse a través del discurso de los alumnos y de los propios docentes que vivencian el clima escolar. Es de absoluta relevancia intentar desentrañar lo que motivó dicho plan. Qué les estaba pasando. Qué querían demostrar. Todo eso se oculta debajo de la acción realizada y es justamente eso lo que debe desenvolverse en medio del desbaratamiento.

¿Qué potencia circula en ese plan meticulosamente desplegado?

La fuerza de la juventud. El deseo de hacer. Las ganas. Una energía malograda. Una transacción en la que alguien –o varios- no están obteniendo –ni tampoco vendiendo- un producto que los satisfaga, que los interpele, que los motive. En medio de semejante derroche de energías, las mismas buscan fluir por otras vías.

Lo importante es darse cuenta –fehacientemente- de que hay algo que aúlla por una transformación.

Lo inevitable es hacer parte a quienes aúllan de un nuevo modo de hacer escuela. Porque esta, la actual, es barata. No se trata de imponer una nueva verdad. Si no más bien, de estar atentos a la agitación, porque es la que permite crecer. 
Texto escrito a partir de la lectura de: "Desbaratando el Lenguaje escolar" de Silvia Duschatzky



miércoles, 1 de agosto de 2018

Capítulo 20: Sublimierung


Capítulo 20: Sublimierung

Por fortuna el tiempo pasa más rápido de lo que en el presente uno puede entender. Hay momentos en los que el acontecer se apodera de nosotros y sentimos que somos presas del devenir. Sin embargo, cuando miramos hacia atrás, descubrimos el valor de cada una de nuestras decisiones. Hasta de las más pequeñas, aquellas que nos parece que tardarán una vida en mostrar sus consecuencias. Somos el producto de nuestras acciones, de nuestras decisiones. Mi recorrido en el colegio del que tanto les hablé ha terminado hace tiempo. Estoy estudiando Psicología en la UBA. Mi mundo se amplió tanto que me resulta irrisorio pensar en cuánto me preocupó lo que allí pasaba. Completé mi educación secundaria en una escuela de la zona, que no era el paraíso educativo, pero al menos manifestaba muchos menos vicios que aquella. Allí amplié mi círculo de amistades, descubrí que hay muchos perfiles de docentes –no todos están infectados con el virus de la desesperanza- y aprendí a bancármela. No bajé la cabeza para seguir aguantando las injusticias de docentes que no tienen vocación, ni amor -o al menos respeto- por la sublime tarea que ejecutan.  Quedarme allí, después de repetir de año, hubiese sido aceptar todas sus injusticias. Todas sus irregularidades. Todos sus silenciados crímenes. En síntesis: el pasado pasó. Pero dejó su marca. No digo su herida. Digo su marca. Una marca que en un principio debió ser atendida, sanada. Porque sangraba. Durante un tiempo llegó a heder. Pero poco después –mujer resiliente, me llaman Natu y Pili- la infección cesó. Y le herida empezó a sanar. Por suerte en el alma y en el cuerpo las heridas dejan cicatrices. Las cicatrices son bellas. Bellísimas. Porque son señal de vida experimentada, de caminos recorridos. De riesgos enfrentados.

Mi antigua escuela sigue existiendo. Conserva su nombre. Conserva su edificio. Pero no conserva sus raíces. No reniego tampoco de eso. Es producto de la sociedad en que vivimos. De los valores alterados. No estoy diciendo que mi Centro Educativo (aún lo llamo mi), el colegio de mi infancia y mi adolescencia alguna vez fuera perfecto. Solo insisto en que algunos cambios –realizados con plena conciencia, adrede, en pos de un modo de ser y enseñar frío, rígido y ciego- son irreparables. No digo que la época de los frailes dentro del colegio haya sido ideal. Sólo digo que al menos era más humana. La elección de los líderes es la que hace la diferencia. Porque son ellos los que marcan el rumbo de una institución. La que sea. Hoy por hoy, quien manda a sus hijos al colegio en el que yo no terminé la secundaria, sabe que su elección es una máscara. Porque la comunidad entera sabe con certeza por dónde pasa lo central en dicho establecimiento. Pero esta sociedad requiere de este tipo de escuelas. Cuando se busca otra cosa –lamentablemente- hay que hacer un recorrido casi alternativo.

Peli se quedó en el extranjero. Volvió por unos meses después de su viaje. Me contó todas sus experiencias. Estaba igual, pero amplificado. Creo que me enamoré aún con más fuerza del Peli que regresó. Pero supe desde el primer momento que no iba a quedarse quieto. Desde el primer momento me expresó su deseo de volver a irse. Sus padres podían bancárselo y la experiencia era fascinante. Nunca me sentí mal por su decisión. Nos disfrutamos esos meses que estuvo en Argentina –y seguimos encontrándonos cada vez que viene a visitar a amigos y familia-. Tuvimos muchísimo sexo. Tanto como para que de nuestros registros físicos nunca se borraran ciertas sensaciones. Nos dijimos todo lo que sentíamos. Nos alegramos de habernos tenido. De seguir teniéndonos a la distancia. Y cortamos el noviazgo. Evidentemente.

Natu estudia en el UNA. Hace un año que vive solo en CABA. Esta de novio con un compañero de la facultad. Tuvo su primera vez con ese novio. Me contó que fue mejor de lo que había soñado. Y que cada día descubren nuevos modos de amarse.

Pili vive con sus padres y hermanos. Estudia Medicina en el Austral. Viaja mucho para llegar hasta la facu y en cada viaje conoce gente. Algunos se transforman en amigovios, otros en incertidumbres. Lo cierto es que Pili no quiere ponerse de novia. Esta de novia con su pasión por la medicina. Por ahora al menos,

Esteban terminó conmigo la escuela secundaria. Sus padres también decidieron cambiarlo de colegio. Él también está estudiando en el UNA. Es el más sexy de todos los que allí cursan. Todas las chicas de su carrera han salido con él –las lindas, claro-. Lo bueno es que Esteban (MS como le gusta que lo llamemos) trata a todas con igual ternura, con idéntica pasión. Todas quedan super enamoradas de él. Y yo agradezco por lo bajo ser su amiga y saber cuán seductor es.

Pedro se dedica al campo, como su papá. Estudia para ser Ingeniero Agrónomo en Luján, mientras trabaja poniendo en práctica todo lo que aprende. Sigue siendo igual de ocurrente, igual de desinhibido que siempre. Pero ahora frecuenta a las compañeras de la facultad de Esteban –porque las de Agronomía son menos, y ya lo conocen bien-.

Mi papá sigue siendo un recuerdo tormentoso. Hay alegría y tristeza en mis memorias. Todavía lo necesito y creo que siempre lo voy a extrañar. No sé bien si lo que necesito y extraño es lo que verdaderamente fue o lo que yo hubiese necesitado… pero lo cierto es que lo extraño. Y pienso en él casi todos los días.

Mi mamá está en pareja hace más o menos dos años. No viven juntos. Nosotras tampoco. Apenas empecé a laburar –ilustro libros para adolescentes en una editorial que funciona a través de intenet- me fui a vivir a la vacía casa de una tía-abuela que vive en un geriátrico hace décadas. Nos vemos poco. Yo diría que lo suficiente. Creo que con el paso del tiempo ambas vamos entendiéndonos más. Yo dejo de juzgarla tanto, y ella deja de esperar tanto de mí. Ni una ni la otra es la madre ni la hija que la otra espera. Pero nos vamos aceptando. Respetando.

Mis hermanos siguen en la suya. El mayor, viviendo en el extranjero. El menor boyando de novia en novia, hasta que alguna se convierta en su mujer ideal.
Atenea. Dejó la docencia. Regresa a ella ocasionalmente, como para despuntar el vicio, para reencontrarse con su primer amor. Se dedicó de lleno a la escritura. El otro día me contó que está escribiendo una novela sobre lo que vivimos aquellos años en nuestra escuela. Me dice que es su modo de sanar aquellas heridas. De reivindicar a todos los damnificados. A todos los silenciosos sangrantes. Para suavizar aullidos. Para sublimar el dolor

lunes, 30 de julio de 2018

Tp Flacso


Galliano Julieta

Luján

Tengo que arrancar por lo que aúlla. No me puedo mantener impertérrita ante el grito. Ante el pedido de auxilio. Siempre. Siempre que algo acontece en la escuela es un aviso. Una llamada. Una exigencia. Un clamor. Muchas veces los que formamos parte de la institución nos hacemos los distraídos. Nos lavamos las manos. Nos llamamos al silencio. Y silenciamos. No siempre tiene la culpa la Dirección, que es la que no toma cartas en el asunto. También el cuerpo docente calla y acepta al bajar la cabeza y no hacer nada. Eso para mí es miedo. Mediocridad. La moral de cada quién dictará sentencia –y la apreciación de los alumnos, claro-. No entiendo del todo a qué le tememos los docentes. ¿A involucraros? ¿A discutir con un superior? ¿A que nos echen? ¿A que nos pidan más de lo que nuestro tiempo puede dar por un sueldo tan miserable? No sé. Nada de eso me parece suficiente para mirar cómo el paso de nuestros adolescentes por el ámbito escolar se transforma en una lucha de poderes. En el escenario de la desilusión. Con suerte, alguno que otro encuentra un rumbo porque tiene padres  certeros, o algún conocido adulto que se convierte en mentor. Los jóvenes necesitan encontrar en la escuela un espacio que los conmueva, que los conmine. Hoy sólo transcurren. La escuela secundaria es bancarla hasta que egreses. Copiarte trabajos prácticos. Caerle bien a los profes jodidos. Sacarse 7. Pasar desapercibido. Porque el deshinibido, el divertido: ¡Es tremendo! El tímido: es mudo. El que sabe las respuestas y pregunta lo que le interesa: es un pesado. Esas son las frases que se escuchan en sala de Docentes. Los apellidos son marcas indelebles. Los errores son insalvables. A nadie le interesa lo que les pasa a los jóvenes fuera de la escuela. Porque nadie tiene ganas de trabajar más allá de su pequeño campito. A veces, cuando algún profe se anima, se interesa, se mueve, termina -después de transitar la desorientación y la bronca- decepcionado como el resto. Realizando su tarea de manera lineal, como quien no tiene un rumbo ni un plan.

La escuela necesita gente llena de energías y esperanzas. Claro, soñadores idealistas, pero con los pies sobre la tierra. No existe tarea más revolucionaria que la docencia. Estamos obligados a revelar, a rebelar. El ámbito escolar debe generarles intrigas, dudas. Deben sentirse acompañados en el camino de la búsqueda, del descubrimiento, del conocimiento. No se puede enseñar a todos lo mismo del mismo modo. Pero para eso debe haber docentes y directivos a la altura. No sirven los decepcionados. No sirven los miedosos, ni los tibios. Por eso, cuando en una escuela católica un grupo de alumnos de cuarto año de secundaria –de los cuales la mayoría cursa en esa institución desde los tres años de edad- se pone de acuerdo con el otro cuarto año (que habita el salón de al lado) para hacer un agujero en la pared –tarea que lleva tiempo, planificación, dedicación y ruido, muchísimo ruido-, algo hay que pensar. Hay –necesariamente- una pregunta que se alza y pide ser contestada. Alejandra Pizarnik, poetisa argentina, escribió:

Esperando que un mundo sea desenterrado por el lenguaje, alguien canta en el lugar en que se forma el silencio. Luego comprobará que no porque se muestre furioso existe el mar, ni tampoco el mundo. Por eso cada palabra dice lo que dice y además más y otra cosa..

(La palabra que sana)

No hay nada más llamativo que el silencio. Cuando todos callan: los directivos que no saben qué actitud tomar y deciden castigar a los alumnos sin charla, sin indagar sobre todo lo demás que el símbolo “Hacer un agujero en la pared” implica, allí es donde la palabra sería sanadora. Hay que escuchar a los hechos. Hay que hacerse cargo de las responsabilidades. De las veces que se silenciaron realidades.

En la escuela de la que hablo, los alumnos vienen manifestando malestar desde hace años. También los docentes, que sistemáticamente han ido abandonando la escuela producto del cambio de conducción y todo lo que ese cambio trajo como consecuencia. Los estudiantes de esos cuartos años han pasado por tres directivos distintos. Todos han salido intempestivamente de sus cargos. Por detrás, la Orden religiosa que funciona como marco saca y pone directivos como en un juego de ajedrez se eliminan fichas. Los docentes también somos intercambiables. Aquello que dominaba el espíritu de esa escuela franciscana ha ido muriendo junto con las pérdidas que sufrió el plantel. La comunidad aún cree que algo de eso queda en el colegio. Por eso los jóvenes se resisten. No porque la educación religiosa sea el camino eficaz, sino porque ellos saben que desde el vínculo, desde el verdadero interés, desde el afecto, desde la presencia continuada, responsable y comprometida se logra cualquier cosa. Pero el maltrato, la negación y la desidia son pecados en el ámbito educativo. Aunque ninguna Orden religiosa ni ninguna Inspección lo note. O sí, y sea cómplice.

Julieta discurría sobre el valor de la palabra en su balcón de Verona: Que hay en la palabra rosa que la haga rosa? Que hay en el apellido Montesco que haga que Romeo sea Montesco? Nada. La fuerza del hábito crea realidades. Las palabras hacen. Las palabras construyen. Y también los silencios. Especialmente los silencios. Es menester escuchar, desentrañar los hechos escolares. Es nuestra responsabilidad darle voz a los adolescentes. Es nuestra obligación que el punto de vista escolar no tiña nuestra visión.

viernes, 6 de julio de 2018

Por qué los adultos me odian, Capítulo 19: Caecus



Capítulo 19: Caecus

Pienso que si pudiera ver mi cara

Sabría quién soy en esta tarde rara

Jorge Luis Borges: “Un ciego”

Diciembre. Calor. Cansancio. Exámenes. Bronca. Miedo. Calor. Muchas ganas de estar en otro lado. Al menos no tengo terror a lo que me diga mi papá. Es una de las cosas buenas de su ausencia. Ya no puede retarme por todo lo que hago mal. Desde que no está siento mucha más libertad. Claro, no debería ser libertad para llevarme materias. Pero eso no depende solamente de mí. No al menos este año. En otras oportunidades, otros años, he sabido ser demagógica. He sabido responder con la carita adecuada para que la/el docente de turno creyera de mí lo que más me convenía. (Así de simple es llevarse bien con profesores que no están interesados en vincularse). Callaba cuando debía y asentía cuando era pertinente. A veces era atinado responder correctamente una pregunta cuando todos callaban –un poco por desinterés, un poco como castigo, otro poco por miedo-. Entonces yo respondía como quien saca las papas del fuego en el momento justo, antes de que se quemen. Antes de que la/el profesor se enfureciera por nuestra indiferencia. Eso los tranquilizaba. Mis compañeros me agradecerían más tarde por haberles ahorrado una reprimenda, una evaluación sorpresa, o el castigo que fuera. Pero este año, después de la fracasada –aunque vigorosa- toma, después de la repentina muerte de papá, después de la apática tesitura adoptada por mis profesores ante mi dolor, después de mis sólidas –aunque débiles- manifestaciones de angustia… después de todo eso… sólo pude bajar los brazos y entregarme sin queja ni esperanza a los antojadizos designios de algunos de mis docentes. Llegan los exámenes y debería rendir Computación, Física –claro-, Historia, Matemática, Geografía, Biología, Educación Física (casi imposible evitar la siesta-duelo durante estos meses), Química y Formación religiosa. Nueve materias. Sé muy bien que es una tarea ardua, compleja, pero practicable. Todos los años vemos compañeros que durante la cursada habían sido señalados por su mal desempeño y que, en unas pocas semanas, aprueban todas las materias. Nunca vi que ninguno de esos alumnos recibiera por parte de la Escuela algún tipo de asesoramiento, de ayuda en la organización. Era cuestión de ir a profesor particular, tragarse mil resúmenes en unos días, hacer tripa corazón, tomar Speed con café durante un par de noches y asistir al examen con la cabeza gacha, arrepentido y culposo. Así se aprueban los exámenes de diciembre en la escuela secundaria. Excepto en algunos casos. A veces nos piden un trabajo y la presencia en la fecha correspondiente para defenderlo. Pero este año no pude hacerlo. Era la primera vez en mis años de estudiante que, no solamente me llevaba materias, sino que desaprobaba evaluaciones. Yo siempre había sido una alumna excelente. Cumplidora. Intachable. Nadie se ocupó de mí durante el desmoronamiento. Nadie previó el derrumbe. Absolutamente nadie me miró. Solo Peli, Natu y Pili. Pero ellos también tenían sus propios bailes, sus propias avalanchas personales. Su auxilio llegaba hasta donde llegan las intervenciones de los amigos, de los pares. Tampoco mi mamá se daba cuenta de lo que se nos venía encima. Ella estaba ocupada en disfrutar de la justicia divina –así la llamaba- que le mostraba que los réprobos recibían su castigo. Estaba indignada porque yo sufría. Cuando me encontraba abatida frente a la ventana de mi cuarto, con la cama sin hacer y la cocina intacta –signo de que no había almorzado- se enfurecía. Empezaba su discurrir respecto de lo inaceptable que le resultaba mi tristeza. Decía que papá había elegido alejarse de nuestras vidas, y que su muerte ya era real antes de que falleciera. Decía, además, que no entendía mi exagerado sufrimiento. Que papá nunca se había preocupado por mí, y que por eso yo no debía padecer una ausencia a la que ya estaba acostumbrada. Pero ella no entendía un montón de cosas. (No sé por qué, no entiendo por qué). Yo intentaba digerir la idea de que nunca más hablaría con él. Me esforzaba por retener su voz, sus gestos –incluso los que me habían hecho daño-. Su existencia, por más ruda, fría y lejana que fuera, me daba la certeza de que podía acercarme para recibir nuevamente su desdén. Pero esa imposibilidad, me enfrentaba con un abismo para el que no estaba preparada. No sé durante cuánto tiempo voy a sentirme así. Calculo que en algún momento este dolor y estas tinieblas van a menguar. Pero hoy no sé cómo hacer para preparar nueve materias. Y mucho menos enfrentar a nueve docentes que nada saben de mi pesar. A quienes nada les importa de mi vida personal. Quienes me ven como un enemigo al que hay que destruir. Porque les hice las cosas difíciles en clase. Porque les respondí como la adolescente que soy: con soberbia, con sarcasmo, con impunidad.

Han pasado cinco de las nueve fechas de exámenes. No he aprobado ninguno. De las cuatro que me quedan, dos son el mismo día. Así como se superpusieron otras dos de las que ya desaprobé. Creo que ya había bajado los brazos mucho antes de presentarme. Mamá me mandó a profesor particular para las materias exactas. Estudié con Pili para las teóricas. Pero yo quería hacer una manifestación. Mi falta de impulso, de interés, de fortaleza, era, precisamente, una declaración. Claro que esa declaración se llevaba consigo un año de mi vida. Todo lo vivido durante el año parecía caer en saco roto. Los adultos a mi alrededor decían que me enfrentaba al fracaso, que de ese modo aprendería sobre responsabilidad, organización, esfuerzo y tenacidad. Sin embargo, yo creo otra cosa. Disfruté de muchas cosas a lo largo de este año.  La escuela no fue todo el tiempo una molestia. Aquí hice cosas que forjaron mi autoestima. Todo lo que hicimos durante la toma, cómo nos organizamos, las cosas que propusimos. Después. Después todo volvió a su tradicional cauce. Falleció papá y aquí estoy. Repitiendo el año.

-Señora, usted sabe que Numina puede seguir asistiendo a nuestra institución. Es una joven muy inteligente, y entendemos que este año no tomó las mejores decisiones. Haberse sumado al grupo de rebeldes que tomó la escuela, vincularse tan de cerca con jóvenes conflictivos como Esteban, y sus amigos… todo eso la sacó de su eje. Pero estamos convencidos de que puede recobrar el rumbo. El año próximo seguramente habrá aprendido la lección.

Habitualmente mamá no me defendía. En general sus argumentos defensivos eran para abogar por sí misma. Solía sostener un montón de ideas enroscadas para intentar mostrar cuán víctima era de los errores ajenos, o del devenir. Sin embargo, esta vez, se irguió por mí.

–Señor Director, mi hija no tiene vínculos detestables, de hecho, estoy muy orgullosa de los amigos que ha elegido. Es una chica muy fuerte, muy sana. Ha sabido resolver a su modo un montón de situaciones a la que los adultos la hemos expuesto. Y lo ha hecho muy bien. Casi todo lo ha logrado sola. Absoluta y profundamente sola. No puedo decir que eso me enorgullezca, no por lo que a mí respecta. Pero sí, en relación con ella. Ella decide y resuelve mucho mejor que usted y que yo. Lo que pasa es que somos miopes, si no ciegos. Que repita de año me parece poco importante al lado de todo lo que le ha ocurrido. De hecho, no creo que sea su culpa. Al menos no solamente suya. Yo tengo mi responsabilidad. Mi ex y difunto esposo, también. No la hemos sabido acompañar. La hemos dejado sola. Por suerte, ha tenido a esos amigos de los que usted habla tan mal. Ellos han sido sus pilares. Nosotros solo hemos sido obstáculos, desvíos, lastres. Ustedes tienen gran parte de culpa también. Ustedes como Institución. Y ustedes como individualidades. Nadie ha sabido verla. Nadie ha podido vislumbrar el desenlace. No hay nadie que se ocupe con seriedad de lo que les pasa a los jóvenes que asisten a esta escuela. Todo va de mil maravillas cuando a los chicos no les pasa nada. Cuando no hay nada de qué ocuparse. Pero los adolescentes son acontecer. Son presente. Son vivencia. Y ustedes no acompañan la vivencia. Ustedes quieren resultados exactos. Jóvenes cabizbajos. No les adjudico toda la responsabilidad. Tanto nosotros como padres y ustedes como Escuela somos los que hemos fallado. Ella no. Ella necesitaba que la apuntaláramos. Pero nadie vio que se estaba derrumbando. Nadie quiso mirar más allá de su propia nariz. Gracias, pero no. Numina no necesita una escuela como esta. Numina necesita un lugar donde la miren a los ojos. Una escuela que, si los padres yerran, esté atenta a lo que le ocurre al estudiante. No digo que la escuela deba ocuparse de tareas paternales. Digo que la escuela debe estar ahí, observando. Alerta. Ustedes no solamente abandonaron a mi hija, si no que le aumentaron la angustia. No puedo permitir que sigan “ocupándose” de ella. Debo responder al llamado de auxilio que es esta repetición de año. Sé que atiendo tarde. Pero trataré de hacer lo mejor. Sacarla de aquí.

martes, 3 de julio de 2018

¿Por qué los adultos me odian? Capítulo 18: Another brick in the wall


Capítulo 18: Another brick in the wall

 “Las cosas que comienzan con el mal, solo se afianzan con el mal”- Lady Macbeth

Hoy no tuve un buen día. Hace un mes que falleció papá. En la escuela, la profesora de Física estaba explicando un tema. Mientras tanto, Natu y Pili me hablaban por lo bajo. -Si no prestan atención, después no pretendan aprobar mágicamente la evaluación- rugió la docente. En ese momento, a ninguno de los tres nos importaba la próxima prueba de Física. De todos modos no le entendíamos un carajo. Mucho menos nos resultaban interesantes sus clases. Que transcurrían en medio de pujas de poder entre los más bardo del salón y una profesora inexperta y sin vocación. En general Natu, Pili y yo callábamos y asentíamos para evitarnos su inquina a la hora de corregir nuestros exámenes –sí, con ella todo es cómo me caés y cómo me hiciste pasar las clases-. Lo llamativo es que esta vez no tuvo en cuenta nuestro desempeño a lo largo de todas sus clases. Mis amigos me vieron mal y fue por eso que me hablaban por lo bajo y me palmeaban la espalda. Yo hablaba poco. Respondía como podía a sus preguntas intentando manejar el llanto. Nunca había sido adepta a papá, pero lo extraño con una fuerza que sale de mis vísceras. Trataba de explicarles eso sin largarme a llorar. Ellos intentaban consolarme sin caer en lugares comunes. Porque saben que mi relación con papá no tenía lugares comunes. Pero Ferraro no tiene contemplaciones. Porque nada contempla. Ella no observa más allá de sus propias sensaciones y necesidades. Lo triste es que no es la única. Ya conté que está lleno de docentes así. La miramos y callamos. Pero no por obediencia. Sino porque preferíamos eso antes que hacerla parte de lo que nos pasaba. Ella no se merecía esa información. Tampoco mostraba ningún atisbo de interés en querer ser parte. En acercarse. En enterarse. O lo hacía a veces. Cuando quería. O hasta donde le resultaba entretenido. No estoy en contra del egoísmo –de hecho me parece que es la esencia de la autoestima: necesito ser egoísta para ponerme en primer lugar y así crecer, evolucionar, inspirarme-. Pero ese modo de egoísmo era perverso. Era mediocridad, escondida por el rol. Un rol que, hoy por hoy, necesita de mucho más que de la tradición, de la jerarquía para sostenerse. Al cabo de unos instantes, el bullicio regresó. Ferraro nos miraba con añeja furia, se dirigió hacia nuestro banco dando pequeñas zancaditas que la dejaron frente a nosotros con el rostro transmutado en rabia, en inquina. En un odio que no tenía que ver con su rol docente y lo que significábamos para ella como enemigos que no la dejaban tener éxito en esa labor que había elegido –no por vocación, sino por crédula comodidad-. No. Esto era más que eso. Su odio radicaba en algo más. En su lugar en la sociedad. O mejor aún: en el concepto que tenía de sí misma. La etiología de esa cólera era justamente lo que ella pensaba de sí. Era eso lo que no le permitía acercarse a nosotros, ni a nadie que fuera diferente. Su vida era lo que era –ni buena ni mala ni triste ni feliz ni mediocre ni exitosa- y a ella no le gustaba que así fuera. Se sentía mal consigo misma, con lo que había hecho con su existencia. Pero no se atrevía a cambiar el rumbo. A reconocer el error. Se convencía de su propia mentira. Se mentía a sí misma diciéndose que todo lo que le ocurría era culpa de su ex. Todos sus fracasos eran responsabilidad de ese hombre que en unos años había pasado de ser el hombre de sus sueños a un monstruo parasitario y tóxico. En el medio no había nada. Solo quejas. Rabia. Drenada en resentimiento. No había recuerdo. No había ningún tipo de reconocimiento. De revisión interior. De autocrítica. El otro se había erigido en villano. Casi de historieta. Casi de parodia. Un grotesco. Era imposible concebir un ser tan lleno de miserias, de defectos, de cinismo, -en definitiva-, de violencia. Ella era una princesa a la que había que cuidar, enamorar, salvar, sostener. Todo era entrega. La vida entera –los hobbies, los deseos, los proyectos personales, los amigos, la individualidad- todo debía ser pensado en función de una dualidad que se suponía unilateralmente que era unidad. Pero esas entregas implicaban renuncias. Pérdidas. Infidelidades consigo mismo. Eso carburaba. Trabajaba incansablemente en el alma, en la emoción del renunciante. Pero especialmente trabajaba en su intelecto. Que se sentía rechazado, desaprovechado, negado. A la larga o a la corta, ese rumiar enjaulado se escaparía. Y lanzaría su alarido. Tal vez el otro fue cobarde. Fue tibio. Fue cómodo. No se atrevió a rebelarse. Y fue así como la rutina se plagó de odios. De silencios. De mentiras. De temores. Hasta que ella lo dejó por otro. No sin antes planificar la estrategia para dejarlo destruido. Porque si él no quería hacerla feliz, cumplirle sus anhelos, efectivizar sus ilusiones infantiles, entonces no debería querer nada. Ni ser hombre, ni ser padre, ni ser nada.

Entonces.

-¡Cierren la boca trío de maleducados! ¡En diciembre van a venir a pedirme por favor que los apruebe! ¡Acuérdense de lo que me hicieron en esta clase! ¡No digan que no les avisé! Se la van a llevar. Aunque vayan a profesor particular-. Lo dijo con un tono que destilaba veneno. Sus ojos estaban inyectados. Su cuerpo se alzaba como el de un animal que está a punto de destrozar a su víctima. Toda esa escena contenida en esas frases. En esos signos.

Me incorporé. Sequé mis lágrimas en la manga del buzo de Educación Física. Le pedí permiso a Natu con un gesto y me acerqué a ella. No era muy alta, de modo que quedé unos centímetros por encima de sus ojos. Sin levantar la voz, pero de modo que todos pudieran escucharme, le dije: -Profesora, a mí me importa un carajo su clase de Física. Habitualmente lo disimulo. Trato de no faltarle el respeto. Así que, en general, me callo durante sus clases y me aburro como un hongo mientras usted explica como el culo temas que después tengo que googlear para poder resolver las evaluaciones que usted prepara. Pero hoy no puedo ni quiero disimular. Ya sé que en el futuro me voy a tener que acostumbrar a enfrentar este tipo de situaciones en las que a nadie le va a importar lo que me pasa. De todos modos, no me quiero acostumbrar a un mundo tan puto. Tengo 16 años, hace 13 que vengo a este colegio y merezco el derecho a estar llorando porque hace un mes que mi viejo se consumió en la cama de una clínica.

La profesora no supo escucharme. Se enfureció aún más y me dijo que nada habilitaba la falta de respeto, que en la escuela debía cuidarse el vocabulario y las jerarquías… bla, bla, bla. No me echó del aula. Tampoco le respondí. Otra vez, ganaba la mediocridad. Como aquella vez, cuando terminó nuestra Toma del colegio. Callé. Me senté. El sermón duró hasta que sonó el timbre. Nadie aprendió Física esa mañana. Tampoco esa mañana.